EL CONCIERTO DE CLAUSURA DEL FESTIVAL ESCENA ESCORIAL CON DANIEL BARENBOIM Y LA WEST-EASTERN DIVAN ORCHESTRA

Daniel Barenboim. West Eastern Divan Orchestra. Varios autores. Escena Escorial. Teatro Auditorio de San Lorenzo de El Escorial. 19 de septiembre, 2026
Daniel Barenboim, director
Michael Barenboim, concertino
West Eastern Divan orchestra
Programa
Franz Schubert – Sinfonía n.º 8 en si menor, D. 759 «Incompleta» (28′)
I. Allegro moderato
II. Andante con moto
Richard Wagner – Tristán e Isolda, WWV 90 (Selección orquestal) (17′)
I. Preludio
II. Muerte de amor
Intermedio (20′)
Robert Schumann – Sinfonía n.º 3 en mi bemol mayor, op. 97 «Renana» (32′)
I. Lebhaft (Animado)
II. Scherzo: Sehr mäßig (Muy moderado)
III. Nicht schnell (No rápido)
IV. Feierlich (Solemne)
V. Lebhaft (Animado)
La West-Eastern Divan Orchestra fue fundada en 1999 por Daniel Barenboim y el intelectual palestino Edward Said. Su objetivo era y es fomentar el diálogo y la convivencia entre jóvenes músicos de Oriente Medio. El maestro bonaerense, que puso en España muchas esperanzas para la Divan, finalmente vio clausurado ese proyecto por razones políticas y de presupuesto y retornó a Alemania. A pesar de los cambios, prácticamente 80 músicos israelíes, árabes de diferentes procedencias y seis españoles, pueden seguir conviviendo y abrazarse al final del penúltimo concierto, este de El Escorial.

En estos tiempos en que los mapas tradicionales han quedado obsoletos pero no han llegado los nuevos, el mundo parece perplejo porque cada día amanece con nuevas noticias del tétrico panorama geopolítico que se está viviendo. En ese sentido, este proyecto tan loable sigue teniendo una vigencia extrema, en un planeta enlutado y estupefacto por guerras endémicas e interminables, destrucción y todo tipo de violencia ajena a los habituales tratados y acuerdos de convivencia internacional.
La velada fue presentada de nuevo por la directora de esta propuesta Alondra de la Parra, que agradeció a los asistentes su fidelidad a Escena Escorial y al maestro Daniel Barenboim, a quien admira sin ambages desde su época de estudiante en Berlín.
A pesar de haber cancelado algunos conciertos, Barenboim acudió a la última cita estival de El Escorial que comenzó con la Inconclusa de Schubert, a veces denominada la primera sinfonía romántica debido a su énfasis en el impulso lírico dentro de la estructura dramática de la forma sonata clásica. Cuenta con una orquestación profética del movimiento romántico posterior, y dio la oportunidad al director y a la orquesta de preparar la intensidad y el clímax wagnerianos posteriores.
Delicada, luminosa, las cuerdas y los vientos a menudo exudan una especie de sentimiento elegíaco, melancólico, que engarza a la perfección con el programa completo elegido para este concierto: una cierta nostalgia, una tristeza, un intento de algarabía sublimado que nunca eclosiona del todo.
A partir de los inquietantes compases iniciales, es evidente que éste no es el Schubert juvenil que antes había creado seis sinfonías ligeras. Hay una célebre melodía lírica presentada primero por los violonchelos y luego por los violines con un suave acompañamiento sincopado. Esto es interrumpido por un dramático grupo de cierre que alterna pesados sforzandi del tutti intercalados con pausas y variantes desarrolladas de la melodía en sol mayor, para cerrar la exposición. Las emociones, son, aquí, ambiguas y la formación cierra el segundo movimiento como previsto: in Ordnung y con pulcritud.
Al revisar la sinfonía en 1865, el crítico musical Eduard Hanslick escribió:
«…Después de unos compases introductorios… todo el movimiento es un dulce torrente de melodías, a pesar de un vigor y una genialidad tan cristalinos que se pueden ver. cada guijarro en el fondo. ¡Y por todas partes el mismo calor, el mismo sol dorado …Con unos pocos pasajes de trompeta, un breve solo de oboe o clarinete ocasional sobre la base de orquestación más simple y natural, Schubert logra efectos de sonido que ningún refinamiento de la instrumentación de Wagner jamás alcanza.»
Barenboim está considerado uno de los grandes intérpretes de Wagner, aparte de ser un eximio pianista, rivalizar en la práctica de la tradición musical germánica, participar de situaciones algunas veces complicadas como sus relaciones con Israel, sus músicos (muchos destacaron su carácter dictatorial e inflexible, áspero al frente de las orquestas) o tomar partido por las causas que parecen perdidas, su vida artística y personal está cuajada de situaciones que solo podían sucederle a él, de recuerdos mágicos (varias patrias, cuatro pasaportes) y no tanto, de esfuerzo, de trabajo, de implicación en la música como forma de vida y de estar en el mundo.
Así pues, y a pesar de la enorme paradoja de que un director judío interprete a Wagner, conocido y confeso antijudío hasta condensar este pensamiento en la escritura y lo lleve a Israel con el consiguiente revuelo local su Wagner (Tristán e Isolda aquí), sigue explorando el amor y la muerte a través de una tensión armónica suspendida y en el aire, hipnótica. Tenues los golpes de arco, los pizzicati subrayados con ternura, la relajación de los trazos, percibidos alados pero genuinos, la precisión de metales y maderas, la percusión, las 2 arpas. La orquesta, ligeramente cambiada de distribución: con los contrabajos cerca de los metales, y las arpas, detrás de las cuerdas, a la derecha.
Como escribiera un experto, con talento, “Tristán e Isolda: Preludio y Muerte de amor (Vorspiel und Liebestod) marca un punto de inflexión en la historia de la música occidental debido a su revolucionario uso de la armonía cromática y el célebre «acorde de Tristán». El Preludio introduce al oyente en un estado de deseo perpetuo e insatisfecho que nunca se resuelve armónicamente… La tensión acumulada a lo largo del drama se libera finalmente en la Muerte de amor (Liebestod), donde la música asciende hacia una gloriosa disolución mística, uniendo de forma inseparable los conceptos de amor absoluto (Liebe) y muerte (Tod). Dirigida por Barenboim, un consumado experto wagneriano, la pieza sirve como puente ideal hacia la densidad emocional del romanticismo germánico”.
Schumann, en la segunda parte, dibujó con su Renana guiños sonoros a la atmósfera de la catedral de Colonia, onírica. Fue escrita a finales de 1850 y la obra la compuso reflejando su fascinación por el paisaje y la cultura de la ribera del Rhin. Pensada excepcionalmente en cinco movimientos, siempre están presentes las referencias a las danzas populares alemanas que fluyen como un manantial a lo largo de la sinfonía.
Las actuaciones y grabaciones de Barenboim cuentan con una gran profundidad emocional aunque en el presente, su fragilidad física revela otra concepción e instinto en la cartografía de los tempi y la “gravitas”. Persisten sin embargo, su fraseo natural y y una paleta plena de colores.
Aunque dirigió sentado, entrando y saliendo del escenario con pasos pequeños, saludando a menudo a sus dos primeros violines (el concertino es su hijo), Barenboim no perdió su capacidad de comunicar con el público, con un sentido del humor particular (muy judío). Señaló con advertencias corporales las toses, los aplausos entre los movimientos y el comportamiento general del público habitual en nuestras salas de conciertos, poco perfeccionista.

Antes de retirarse después de la primera parte, en los aplausos, hizo un gesto visible con la mano, como diciendo “¡aplaudan más!”. Dirigió con partitura (grande, en papel), una batuta pequeña y otorgando prioridad a una mano izquierda que indicaba con claridad sus intenciones con el repertorio. El rostro y la mirada fueron elementos de ayuda suplementaria para desplegar el vínculo emocional y musical con su orquesta. Hubo elegancia y compenetración y fraternidad entre todos. Ese juego consentido de afectos se trasladó a buena parte del público que al final ovacionó al maestro y a su Diván. No hubo propinas, pero sí dos ramos de flores preciosos para el director: uno de una asistente de la audiencia y otra de Alondra de la parra, que el maestro atesoró yéndose hacia los camerinos.
Y ahora, como siempre, la “petite histoire”: en enero de 2015, el maestro Barenboim estuvo en La Caixa y recibió a un pequeño grupo de periodistas. Fue muy pocos días después del atentado de la redacción de Charlie Hebdo y otros terribles que sacudieron la entrada de la sociedad civil y política francesas.
Me pareció natural y necesario hacerle la pregunta que inundaba entonces los periódicos y las noticias: “¿Usted también es Charlie, Maestro?”. Por lo que fuera, inesperada o fuera de lugar, la pregunta lo irritó y me respondió mal, con un gesto airado. Le duró muy poco el enfado, se relajó, se sonrió y cuando íbamos hacia la salida se adelantó con rapidez y me empezó a susurrar, enlazándome por la espalda, el tango más conocido de la historia: “…Y aquel perrito compañero, que por tu ausencia no comía, al verme solo, el otro día, también me dejó”. Era La Cumparsita, el himno rioplatense que Carlos Gardel, como piensan muchos, “cada día canta mejor”. Mítico.
Alicia Perris
Fotos: Julio Serrano