LA CANCIÓN NAPOLITANA ENAMORA EL PÚBLICO MADRILEÑO EN EL CLAUSTRO DEL INSTITUTO SAN ISIDRO, EN LOS VERANOS DE LA VILLA
Canción Napolitana. Varios autores. Claustro del Instituto San isidro. Piano y voces. 11 de agosto, 2026
Los Veranos de la Villa 2026 celebran su 42ª edición del 7 de julio al 30 de agosto de 2026, consolidándose como el principal latido cultural estival de Madrid. Organizado por el Ayuntamiento de Madrid, este festival multidisciplinar transforma los meses de julio y agosto en un gran escenario urbano al aire libre que combina raíces tradicionales con vanguardia contemporánea.
El despliegue de esta edición destaca por su accesibilidad y su distribución por toda la capital: 72 propuestas artísticas integradas en el cartel y 193 citas culturales a lo largo de casi dos meses.14 distritos de la ciudad reciben actividades, descentralizando así la oferta cultural y a unos precios aptos para todos los presupuestos con atención a todo tipo de situación personal y social de los interesados. Más de 100 actividades gratuitas, reafirmando el compromiso institucional con una cultura compartida. Hay también espacios para cine, ballet y músicas cosmopolitas para todos los gustos y tradiciones.
El IES San Isidro, con el claustro del maestro Melchor de Bueras (1679), barroco ornamental con una larga historia en la capital, ya que data de un proyecto jesuita durante el reinado de Felipe II (siglo XVI) albergó los estudios y los sueños de muchos nombres célebres del país, entre ellos, Premios Nobel. Aparte de sus clases con especial atención a los estudios clásicos y el francés, se convierte ahora en un espacio íntimo propicio para el fado, jazz, zarzuela y pequeños formatos teatrales. Ha continuado un larguísimo hálito de civilización, a pesar del interregno de la expulsión de esta orden por Carlos III, rey de España, de Nápoles y Sicilia y duque de Parma.
El objeto de esta reseña, la canción napolitana (en italiano, canzone napoletana) es una composición generalmente en idioma napolitano para voz masculina solista y acompañamiento instrumental. Es característica de la ciudad de Nápoles y su región. Sus letras son variadas, pero suelen hacer referencia a asuntos amorosos o al paisaje del Sur de Italia. Algunas de las canciones más famosas son ‘O sole mio, Torna a Surriento, Funiculì, funiculà o Santa Lucia.
En la década de 1830, se celebró un concurso a la canción napolitana durante la Festa de la vergine di Piedigrotta, una imagen muy popular en la zona de Mergellina. La canción que ganó este primer concurso se titulaba Te voglio bbene assaje.
La popularidad internacional de las canciones napolitanas se debió, en parte, a la emigración italiana al resto de Europa y a América entre 1880 y 1920. También contribuyó el interés de intérpretes de ópera como Enrico Caruso, quien recurría a estas canciones de su ciudad natal para interpretarlas como propina en sus actuaciones en el Metropolitan Opera House de Nueva York y las grabó en disco. A ejemplo de Caruso, muchos otros tenores han cantado y han mantenido vivo este repertorio (como sucedió a finales del siglo XX con el fenómeno de Los Tres Tenores).
Sus orígenes remotos se pueden fechar hacia el siglo XIII, en los cantos populares que se desarrollaron a partir del siglo XV, cuando el napolitano era utilizado para realizar prosas en todo el reino y numerosos músicos, inspirándose en los coros populares, comenzaron a componer frottole, ballate y otras obras de carácter festivo que popularizaron los aires napolitanos, especialmente a partir de finales del siglo XVI, cuando la villanella alla napoletana se extendió por toda Europa y se cantó hasta finales del siglo XVIII. En el siglo XVII aparecen los primeros ritmos de tarantela (como la célebre Michelemmà, atribuida a Salvator Rosa, inspirándose en una canción siciliana).
Otro foco de difusión importante fueron los llamados posteggiatori, músicos ambulantes que cantaban canciones y vendían los textos (a veces, modificados por ellos). Los primeros decenios del siglo se consideran un momento dorado en la historia de la canción napolitana. En alguna ocasión, las canciones tenían también contenido político o subversivo, como fue el caso de Palummella zompa e vola (1873), que aludía a la libertad y que llegó a estar prohibida por las autoridades. Un tipo de canción satírica que tuvo mucho desarrollo a finales del XIX y principios del XX fue la llamada macchietta, que da nombre también a un personaje del teatro de variedades que caricaturizaba a algún personaje característico de la sociedad del momento (un cura, un diputado, una amante, una feminista, un recaudador de impuestos…). El gran actor Totò comenzó su carrera teatral a principios del XX participando en macchiette.
Grandes compositores y poetas escribieron canciones en este estilo, entre otros el propio Gabriele D’Annunzio, autor de los versos de A Vucchella y musicada por Francesco Paolo Tosti en 1904, que conoció un éxito popular inmediato.
Después del XIX, la época de posguerra tras la Segunda Guerra Mundial está considerada como el segundo momento de oro de la canción napolitana. La guerra y sus consecuencias dieron lugar a canciones amargas, desesperanzadas y de tono existencialista, como Munasterio ‘e Santa Chiara de Michele Galdieri (letrista) y Alberto Barberis (compositor), o Luna rossa de Vincenzo De Crescenzo (letrista) y Vian (compositor), aunque en otras canciones se mantuvo el humor y el optimismo, como sucede en Tammurriata Nera de E. A. Mario (letrista) y Eduardo Nicolardi (compositor).
El acento napolitano es una forma muy musical y expresiva de hablar. La voz sube y baja con mucha fuerza. Al hablar italiano con este acento, la gente corta o cambia los sonidos del final de las palabras. En lo que se refiere a la musicalidad, la voz sube y baja como una melodía. Y las letras del final de las palabras se obvian o suenan como un murmullo suave. La letra S: Muchas veces la «s» suena como un soplido parecido a «sh». Por supuesto, se usan mucho las manos y el cuerpo entero al hablar.
Es de justicia decir que esta forma de comunicarse- tan cálida e identitaria- no es solo un acento al hablar italiano. El napolitano es un idioma romance separado con historia propia. Tiene palabras distintas que vienen del latín, el español y el griego.
El napolitano, sigue contando con muchos hablantes en la ciudad partenopea y su región. A esos hay que añadir los usuarios de un gran número de dialectos meridionales estrechamente vinculados al napolitano y que con él forman un grupo lingüístico conocido como napolitano-calabrés. Su área de difusión se extiende desde el Lacio meridional hasta la Calabria centro-septentrional con un número de hablantes estimado en 5,7 millones.
El napulitano, a pesar de ser la variedad en la que fueron escritos los Placiti Cassinesi —unos pergaminos de entre 960 y 963, en romance y no en latín—ha sido el punto de partida originario para que una cantidad respetable de obras literarias o canciones se hayan escrito en napolitano, siendo usado por Gabriele D’Annunzio, originario de Pescara.
En el plano morfológico, la lengua presenta un substrato básicamente osco con significativas aportaciones griegas y un superestrato influenciado tanto por las demás continuidades lingüísticas italorromances como por otras continuidades romances más lejanas (galorromances e iberorromances) y no neolatinas (principalmente por el griego bizantino).
Imposible no recordar estos datos, ya que muy a menudo no solo la lengua napolitana sino su música culta y popular, han sido tratadas de una forma superficial y frívola, a pesar de que representa el tronco cultural de muchos pueblos. El Mezzogiorno olvidado para tantos…

A la vista de esta larga introducción, hay que valorar especialmente la iniciativa de los gestores de los Veranos de la Villa, por haber incluido esta preciosa propuesta, teniendo en cuenta además, la presencia de gobernantes (los Borbones, desde 1734 hasta 1861) y representantes de España en el sur de Italia durante siglos. Incluimos Cerdeña, Sicilia, el Reino de Nápoles y además el Ducado de Milán (1535-1706) y el Estados de los Presidios en la Toscana.
Con el pianista Jorge Giménez, la soprano Berna Perles (en sustitución de Aída Gimeno, indispuesta para la ocasión con muy poco tiempo de ensayos) y el tenor Mario Corberán, Notte a Napoli propone un viaje por la canción italiana y napolitana desde finales del siglo XIX hasta el siglo XX. Un repertorio donde la melodía se convierte en emoción directa: amor, deseo, nostalgia, ironía y desgarro. Sin olvidar las alusiones religiosas, aunque esta vez el repertorio ha seleccionado canciones amorosas lánguidas y cadenciosas- alguna “como una nana”, comentó la soprano antes de cantarla- y no se han incluido otras más pícaras.

El idioma utilizado por estos artistas fue, en general un cierto italiano reconocible y de fácil comprensión. Excelente la dicción del tenor y ajustada la pronunciación esta vez sí en napuletano, de Perles, en su A Vucchella. Se echó de menos el muy festivo y solar O surdato ´nnamurato, de 1915, escrita por Aniello Califano con música de Enrico Cannio (que el argentino Jorge Donn bailó en éxtasis) y más tarantelas, las proverbiales danzas del Sur italiano. Pero no se podía cantar todo y la selección fue coherente y muy disfrutable, teniendo Tosti, un protagonismo bien merecido.
El programa recorre distintas estéticas que comparten un mismo espíritu: la voz como narradora de historias íntimas, a medio camino entre el refinamiento del salón y la espontaneidad de la canción popular. Mattinata, de Leoncavallo; Torna a Surriento, de De Curtis; Caruso, de Dalla y Mamma o Parlami d’amore Mariú, de Bixio, son sin duda inolvidables temas italianos de todos los tiempos.
Se organizó en torno a pequeños ciclos de dos o tres canciones, interpretadas por voz sola de tenor o soprano y a dúo, con una sentida recreación del homenaje de Lucio Dalla al tenor napolitano Enrico Caruso.

La soprano Berna Perles tuvo una presentación sentida, muy trabajada y mostró como sus colegas pianista y tenor, una identificación notable con la música napolitana, porque un buen cantante debe saber interpretarlo todo, pero no siempre es fácil, ni se consigue, aquí, sí.
Muy premiada y reconocida, ha cantado en numerosos teatros como l´Accademia Nazionale di Santa Cecilia de Roma, el Wiener Konzerthaus, la Opéra Royal de Versalles, el Teatro Avenida de Buenos Aires, el Palau de la Música Catalana y el Auditorio Nacional de Música de Madrid y la han dirigido maestros de renombre como John Axelrod, Andrea Marcon o Manuel Hernández Silva, y directores de escena como Lindsay Kemp, Emilio Sagi, William Orlandi o Riccardo Canessa.

El tenor Mario Corberán, lució excelente escuela vocal, sensibilidad y una interpretación holgada y seductora, comunicándose como Perles con el público durante el recital, para ir comentando y explicando su desarrollo a una audiencia atenta y muy respetuosa, que aplaudió con generosidad durante y al término de la velada, otro episodio tórrido de este estío madrileño.
En la página del cantante figuran algunas de las críticas que ha recibido y se cita:
«Mario Corberán deslumbró por la calidad tímbrica de su voz de tenor lírico y destacó en su romanza “Los ojos negros de mi morena”, pieza de tal belleza que sorprende que no se interprete habitualmente en concierto.» (La bien amada – Opera Actual). «Delineó con buen trazo a un hombre turbio y primario. Su voz, de atractivo timbre, tiene todo lo necesario para llegar a hacer de este papel… un buen caballo de batalla.» (Madama Butterfly – Opera World) y también «Mario Corberán, cuenta con una voz bonita, cálida, fácil en apariencia, homogénea y más prudente que temerosa. Hará carrera.» (Nabucco – Mundo Clásico).
El acompañante al piano, Jorge Giménez comienza a tocar el piano a los 4 años y entra muy joven en el Conservatorio de Valencia, estudiando después en el Codarts University for the Arts de Róterdam. Recibe premios en varios concursos internacionales de piano. Ejerce como pianista repertorista y maestro repetidor en teatros de ópera y festivales internacionales, colaborando con figuras de la lírica y en conciertos vocales
Demasiado desapercibido en el tráfago habitual de las voces, más protagonistas en un recital con pianista, el joven Jorge Giménez, al que sería delicioso escuchar como solista. Goza de una delicadeza, de una capacidad de integrarse en el todo sonoro, dejando un protagonismo absoluto a los cantantes, cualidades raras que deben ser valoradas y destacadas.

No debería haber sido así, porque su labor- excelente- vertebra toda la velada. Un gran trabajo, fino, modesto y difícilmente mejorable con un repertorio que queda lejos de los habituales.
Una ocasión privilegiada para volver a recordar a Nápoles, ciudad fundada por los griegos y puerto y llegada de todas las culturas. Martirizada por los invasores y otras plagas, resiste y asiste a la llegada de nuevos tiempos y nuevos desafíos.
Su gente podría firmar capítulos únicos de una gran novela ad hoc: desde el guía de la Nápoles subterránea que te acompaña 400 m para llegar a la parada de taxis, el camarero silencioso y amable que te trae una colección de aperitivos con una tónica y te deja, solo para ti, el espectáculo indecible del golfo de Nápoles en todo su esplendor, a la espalda del barrio de Pizzofalcone, en el Hotel Vesubio. O la vendedora de la Feltrinelli que te pregunta, interesada, para quién es el libro infantil de Pompeya que acabas de comprar. O el dueño del restaurante de 1920 pegado al Hotel Alabardieri, que te sirve encantado, cuando llegas, volado y conmovido después de una serata lírica en el Teatro San Carlo. Las anécdotas son interminables y los personajes, de cuento, irremplazables. Napule bella, cara assai, como diría alguien del Sur.
La Magna Grecia, Eduardo de Filippo, Toni Servillo, Paolo Sorrentino, Sofía Loren y tantos otros…Massimo Troisi, Marechiare…Napule ca’ se ne va, «I’ te vurria vasà. Sempre, con amore…
Alicia Perris