LA ORQUESTA FILARMONICA DELLA SCALA DE MILÁN, CON EL MAESTRO RICCARDO CHAILLY EN LA 75 EDICIÓN DEL FESTIVAL DE SANTANDER: LA GRANDE BELLEZZA

Filarmonica della Scala con Riccardo Chailly, director y Alexander Malofeev, pianista. 28 de agosto de 2026. Sala Argenta, Palacio de Festivales de Santander

«Porque de tres cosas depende la belleza: en primer lugar, de la integridad o perfección, y por eso consideramos feo lo incompleto; luego, de la justa proporción, o sea de la consonancia; por último, de la claridad y la luz». Umberto Eco, Historia de la belleza, analizada a través de la estética medieval.

I Parte

Serguei Rajmáninov (1873-1943)

Utyos (la roca), poema sinfónico, op.7

Concierto no. 4 para piano y orquesta en sol menor, op.40

I.  Allegro vivace

II.  Largo

III.  Allegro vivace 

II Parte

Piotr Illich Chaikovski (1840-1893)

Sinfonía no. 4 en fa menor, op.36

I. Andante sostenuto- Moderato con calma

II. Andantino in modo di canzona

III. Scherzo: Pizzicato ostinato- Allegro

IV. Finale: allegro con fuoco

El 75 Festival Internacional de Santander a punto de cerrarse, tuvo lugar nuevamente este verano del 3 al 31 de agosto de 2026 en Santander y otros dieciocho municipios de Cantabria.

Durante el casi último mes de este estío frondoso de acontecimientos en España y marinero en la ciudad cántabra, habría que destacar las actuaciones del piano como Grigory Sokolov, Elizabeth Leonskaja o Daniil Trifonov, grandes formaciones orquestales como la Filarmónica de La Scala bajo la dirección de Riccardo Chailly o la Orquesta Real Sueca junto a la violinista María Dueñas, las compañías de María Pagés, Blanca Li y Nacional de Danza, Sir John Eliot Gardiner y The Constellation o la histórica cita en el Palacio de Festivales con la Orquesta del Festival Bayreuth y el maestro Pablo Heras-Casado, como último recital de esta convocatoria. También habría que señalar la presencia de la ópera La flauta mágica, partitura de referencia, entre las actividades propuestas.

El maestro Riccardo Chailly, la Filarmonica y el joven pianista Alexander Malofeev, formalizaron un verdadero y consistente homenaje a los compositores rusos, aunque no exhibieron su destreza con las composiciones más escuchadas, sino que rastrearon joyas escondidas de inusitada dificultad de ejecución.

La primera parte de la velada debuta con La Roca, Op. 7 ((del ruso: Утёс), transliteración: Utiós), escrita por Rajmáninov en su juventud, a veces conocido como The Crag, es una fantasía para orquesta escrita por Serguéi Rajmáninov durante el verano de 1893, dedicada a Rimski-Kórsakov.

Como epígrafe para la composición, Rajmáninov eligió un pareado de un poema del poeta ruso Mijaíl Lérmontov:

“La nube dorada durmió toda la noche

Sobre el seno de una roca gigante”

Posteriormente refirió que, sin embargo, gran parte de su inspiración para La Roca proviene del relato En el camino de Antón Chéjov, en el que una joven se encuentra a un anciano por la noche en una posada. Como cuenta la narración, los dos viajeros comparten historias y la muchacha siente compasión por el hombre, pero ella debe proseguir su camino a la mañana siguiente.

Se trata claramente de música programática, cuyos temas recurrentes de profunda melancolía, nostalgia por el futuro y el pasado oscuros, soledad y desesperanza, pero sin pasiones ni violencia, con una cierta agresividad pasiva, recuerdan las alusiones sombrías que a menudo habitan los lieder de tradición germana.

Excelente la factura de los planos sonoros, los crescendi sin resolución aparente, la diafanidad de los vientos, la percusión y las cuerdas. Evidente admiración aquí por la labor de la instrumentista del arpa, con una labor destacada en toda la pieza.

Por fin, hay que agregar que Rajmáninov respetaba mucho a su compatriota Chaikovski y en un encuentro en casa del antiguo profesor de Rajmáninov, Serguéi Tanéyev, Chaikovski le prometió incluir La Roca en el programa de su próxima gira de conciertos. Sin embargo, la promesa nunca pudo llegar a cumplirse, porque falleció poco después, ese mismo año.

Un prodigio de 25 años, Alexander Malofeev, vino a continuación a iluminar las filas del Palacio de los Festivales, con el Concierto no. 4 para piano y orquesta en sol menor, op.40. Aunque de tonalidad menor, el joven pianista exhibió todo el tiempo una condición solar y resplandeciente en los comprometidos pasajes de bravura de esta.

 La obra actualmente existe en tres versiones. Tras su poco exitoso estreno, el compositor realizó cortos y otros arreglos antes de su publicación en 1928. Debido a la continua falta de interés por esta creación, abandonó la obra, revisándola y volviéndola a publicar finalmente en 1941. La versión basada en el manuscrito original fue lanzada en el año 2000 por los sucesores de Rajmáninov para que fuera publicado y grabado. La obra está dedicada a Nikolai Medtner, quien en respuesta le dedicó a Rajmáninov su Concierto para piano n.º 2.

A pesar de su poca fortuna, fue grabada e interpretada por grandes pianistas y esta última versión del intérprete ruso ensalza aún más la concepción intrincada con una técnica ferozmente exigente para el intérprete, que necesita del contrapeso de una orquesta sensible y poderosamente dotada, como la Filarmonica della Scala.

 Habiendo ganado con trece años el Concurso Internacional Chaikovski para Jóvenes Músicos, y actuado junto a algunas de las principales orquestas y directores del circuito internacional, Malofeev no solo estuvo a la altura, sino que rebasó todas las expectativas. No se percibían las manos en el Hinves para la ocasión, un instrumento brillante de gran cola, que el pianista acarició, sedujo y casi violentó en algunos momentos de inusitada exigencia técnica e interpretativa.

Pendiente en todo momento del Maestro Chailly, las manos del joven corrían por el teclado atravesando sonoridades imposibles, cambios de dinámicas admirables, con una limpieza y un detalle, en donde fue imposible encontrar un fallo o una nota perdida.

Vestido de negro total, ropa de algodón cómoda, casi de paseo, mientras que Chailly se hizo acompañar de su inefable y tradicional frac, la relajación que mostraba yéndose a camerinos luego del magnífico ofrecimiento a los presentes, concordaba con esa demostración de excelencia y gran calidad pianística, de sobre dotado, al que el piano nunca le resulta un esfuerzo, porque forma parte de lo que él es. Malofeev estuvo profundamente carnal y a la vez etéreo y su Rachmaninov sonó así, único. Recordaba mucho al pasional y a la vez etéreo Witold Malcuzynsky que deletreaba a Chopin en las ardientes tardes del Teatro Colón de Buenos Aires. Hace mil años…Blanquísimo y casi albino, como él.

Malofeev se lució de nuevo con un “encore”, el Pas de deux del Cascanueces, con arreglo de Pletnev, que elevó a la audiencia a unos niveles increíbles de disfrute y delectación. A mitad de camino entre una estética dionisíaca y apolínea, es decir, en una suya propia e íntima, muy idiosincrática, se despidió entre salvas, arropado ahora sí, por el acompañamiento del maestro Chailly, que confesó admirarlo profundamente. Alexander es brillante y el concierto que interpretó de una exigencia extrema. Son las nuevas generaciones”, agregó. Cuando esta cronista lo comparó con el también ruso Sokolov, que ofreció Beethoven también en Santander, Riccardo Chailly expresó: “Sokolov es otro universo”.

La segunda parte del programa con una gira que la Filarmónica y Chailly proseguirán en la República Checa y Austria, estuvo dedicada a la Cuarta sinfonía de Chaikovski, una partitura central del repertorio romántico y especialmente vinculada a la idea del Destino.

En este final donde todo se podría haber concebido como inasible y extralimitado, vuelve la dualidad nietzscheana y también el clásico Eros/Tanatos que tan a menudo declinan los pentagramas de Tchaikovski. El mismo desarrolló este sentimiento cuando comentó que: «El primer movimiento representa el «Destino», son simplificaciones excesivas: según una carta que el compositor escribió a la Señora von Meck en 1878, en realidad es la fanfarria que se escucha por primera vez en la apertura («el núcleo, la quintaesencia, el tema principal de toda la sinfonía») el que significa «Destino», siendo este «el poder fatal que impide alcanzar la meta de la felicidad … No hay nada que hacer sino someterse a él y lamentarse en vano». El programa del primer movimiento es, «aproximadamente», que «toda la vida es una alternancia ininterrumpida de la dura realidad con sueños que pasan rápidamente y visiones de felicidad …». Y continuó: «No existe ningún refugio… Flotas sobre ese mar hasta que te engulle y te sumerge en sus profundidades».

Esa es la percepción que se recibe en toda la sinfonía, en los primeros movimientos con las cuerdas y sus golpes de arco, la percusión avanzando al final en el Pizzicato ostinato del Scherzo-Allegro y el allegro con fuoco del Finale, sin estridencias, pero demoledor, ciclópeo, con un maestro que se enjugaba con discreción el sudor y cierta fatiga por el esfuerzo. No fueron tales. En la segunda parte, bajó el aire acondicionado de la sala y la temperatura ambiental comenzó a ascender, a medida que los compases alterados de Tchaikovski remontaban hacia una vitalidad soberbia, llena de ansia, pero no hacia la muerte, hacia el goce.

Nada quedó en este concierto librado al azar, todo fue dibujado con detalle, cada instrumento, cada sección, cada gesto. El maestro Chailly sin dejar la batuta, la movía incluso cuando la orquesta permanecía en silencio. Para que no se perdiera la atención y la tensión, como diciendo, “Estoy aquí, seguimos, ¡atentos…!” Planificados, incluso los clímax y anticlímax, meditados, rotundos, con soltura y elevación y elegantes y un sonido lleno de seda y lujoso. La Filarmonica della Scala de Milán es una orquesta que resuena como una voz enorme al unísono: por eso tiene ese fiato resplandeciente.

Un fragmento de Aleko de Rachmaninov, anunciado por el propio director girado hacia el público, dio por terminada una velada excepcional, en el mejor estilo de la Filarmonica y su maestro, Riccardo Chailly.

Para la “petite histoire”, que no suele faltar en estas crónicas: el encuentro de la que escribe este relato con el director en el Hotel Real de la capital cántabra, un sitio suntuoso, a la antigua. Después del concierto, una cena ligera disfrutada en la terraza, mientras algunas gotas de lluvia ensayaban una tormenta que nunca llegó. Acompañado de su esposa, lo saludo cuando llega a su mesa, me ofrezco de traductora, lo agradece, me retiro y dibujando una secuencia “alla Montalbano” (de Camilleri), acompasa con la comida con una charla menuda y en susurros.

Cuando termina, se levanta, se me acerca con suavidad y me saluda con generosidad y una sonrisa franca. Hablamos de la actuación, está contento y agradecido. Mañana sabe que estará en otro lugar con sus músicos, pero también es consciente de que la representación de la noche en Santander fue, a tutta orchestra, a toda vela y desplegando confiado como un buen capitán de goleta, también la cangreja, de ceñida.

Alicia Perris

Imágenes: © FIS / Joaquín Gómez Sastre

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