PRIMOROSO RECITAL DE LA SOPRANO INÉS LORANS Y RUBÉN FERNÁNDEZ AGUIRRE AL PIANO EN EL TEATRO DE LA ZARZUELA, «DE MADRID A PARÍS»

El Ambigu es una sala multiusos, dentro del recinto que se utilizaba como cafetería y ocio en el coliseo madrileño. Hace tiempo se comenzó a utilizar además intensivamente para ruedas de prensa, presentaciones y conciertos.

Elegante, con muebles tapizados en un terciopelo cálido burdeos, se completa hasta que todo el espacio queda ocupado por un público deseoso de encontrarse en pequeño formato, muy cerca de la música y sus intérpretes.

El ambiente que reina entonces es distendido y amable, donde no hay nadie que vaya a lucirse, a dejarse ver o simplemente a mirar, sino a establecer una complicidad estrecha con el arte. Un estremecimiento placentero y en directo ( ahora que reinan el «on-line, el streaming y otras formas más o menos alternativas de comunicar música e información en general) recuerda los antiguos salones franceses del siglo XVI francés en adelante, muchos de ellos organizados por escritoras famosas o aristócratas entendidas que compartían conocimiento, posibilidades patrimoniales y un tiempo libre rico e inteligente. Los creadores estaban en el mismo recinto que el público y esa idea fue una maravilla, cuyos orígenes más señalados pueden rastrearse hasta la Camerata Fiorentina del Conte di Bardi, donde nació la ópera italiana (siglo XVI).

Actualizado, el Ambigu a menudo abre puertas a jóvenes valores que no han estrenado aún sus instrumentos en la sala principal aunque sí en otros espacios líricos conocidos. En esta ocasión, Inés Lorans y Rubén Fernández Aguirre, habitual de este teatro, nos acercan a un repertorio delicioso originario en Francia y sus compositores, pero con un intenso aroma español, muy frecuentemente arabizante, del sur.

La soprano franco-española tiene una voz fresca, caudalosa, que a veces escapa del lugar para perderse por los recovecos del resto del teatro y posee una amplia  trayectoria.

El pianista acompañante, Fernández Aguirre, fue el entusiasta (siempre lo es en realidad pero en esta ocasión estaba pletórico) responsable de comunicarse con el público, para explicarle casi todas las partituras en detalle, así como historias y relatos vinculados a su creación, obtención y a los compositores menos conocidos.

Homenaje evidente a Pauline Viardot y su familia, la hermana María Malibrán y su famoso padre, Manuel García, que abrió una reconocida escuela de canto en París, relacionado en la época con Brahms, César Franck, George Sand o Chopin. El recital se desarrolló en español y francés y en las dos lenguas destacó la cantante por su correctísima dicción, sobre todo en castellano, teniendo en cuenta que ella nació en Rennes, en la Bretaña francesa.

La primera intervención, Madrid, con texto de Alfred de Musset, un novelista y poeta muy venerado en la Francia del Romanticismo, compañero afectivo de George Sand y fallecido prematuramente, con una obra importante.

Siguieron Charles Gounod con su Boléro, Bizet, con Guitare, texto de Victor Hugo* y Ouvre ton coeur, con perfumes identificables fácilmente con la pluma que escribió la Carmen francesa más universal y española que se conoce, el relato de la cigarrera enamorada y voluble, representante de la libertad de la mujer independiente (y estamos en el siglo XIX). 

*Victor Hugo, cuya casa refinada y voluptuosa se conserva de maravilla en la icónica Place des Vosges de París, escribió entre otras muchas producciones, Nuestra Señora de París, Los Miserables, Hernani y se opuso con firmeza al Napoléon III del II Imperio galo.

La velada continuó con páginas de Léo Delibes, para pasar a partituras de Henri Collet, sobre quien se explayó el pianista, que tocó en solitario una preciosa Morisca (de 1948). «Amigo de Albéniz, alumno de Pedrell, es poco conocido en España», explicó Rubén Fernández.

De este autor se pudo disfrutar en la generosa voz, afinada, excelente fiato y línea de canto de Lorans, vestida estilo años 50, de negro escotado con pedrería y perlas, a la manera de Rita (Hayworth).

La estrella de la noche fue «la pena, op. 94», con texto de Manuel machado (1931), que fue rescatada entre la cantante y el pianista de la única copia existente en la Biblioteca Nacional de Francia. Fue considerada la estrella del concierto y utilizada como propina al final. Dulce, lánguida y misteriosa.

La Chanson espagnole (1909) de Maurice Ravel, su Habanera (1907) y tres composiciones absolutamente centradas en España, su atmósfera y Andalucía clausuraron un encuentro intenso, bien conseguido, que seguramente abrirá todavía más puertas a la artista franco-española.

En cuanto a Rubén Fernández, sacó brillo incluso a las notas habitualmente más opacas del Kawai, conformando a pesar del sonido más plano de los instrumentos japoneses (si los comparamos con los alemanes u otros, más «sinfónicos» y poblados de armónicos) una geografía sonora impecable. Hermosa su capacidad de transmitir al público y de relacionarse con la cantante, conformando un dúo lleno de sentido musical y escénico. Es un mago escénico también.

El recital fue un éxito y así se manifestó la audiencia con los aplausos y el reconocimiento a los artistas.

Alicia Perris

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