BUENOS AIRES/SAUDADE

Me inocularon Buenos Aires. No hay vacuna, sólo hay consuelo dentro de esa patria interior que es la genuina. Ese amor avejentado es mi secreto. Las ilusiones, a veces, se convierten en cárceles. Vino la guerra interior, el exilio imaginario o verdadero enrarecido por el asco.

            Todavía me queda mucho en Buenos Aires. Una y otra vez recorro la ciudad, sus calles, sus rincones. El perfume orientalizado de las fresias y la luz, el río. Una esquina- o dos- de encuentros, Santa Fe con sus flores, Caballito.

            Vuelven a rondarme los viejos amores adolescentes y sus temblores primerizos repletos de deseo. Las pasiones volcánicas, eternas. Aires extraños, otros derroteros. Y sin embargo,. Más acá de la saudade y la tristeza, nunca me fui.

            Vuelvo una y otra vez a Buenos Aires. ¿Qué queda de nosotros? Náufragos de un universo que anhela y echa de menos el mundo que perdimos, que nos quitaron. Un espejo deformado nos devuelve viejas imágenes gastadas, revividas.

            Deliramos en una historia incontrolable de ausencias. Aquellos que fueron amigos, compañeros, ¿dónde están? Nuestra historia se llena de preguntas, de fotos, de presencias.

 Ellos, que nos fueron arrebatados. Que parecieron perderse en la neblina de la tortura, de la prisión , del océano, están aquí. Conmigo, con nosotros. Vuelven. Siempre sobrevivirán a sus captores.

Vuelvo a ser la que era y estamos, todos juntos como antes. A lo mejor, volvemos finalmente a vivir, a pesar de los verdugos, el desarraigo y la muerte. Eso es seguro.

            Dulce, profundo y loco. Recorremos día a día pequeñas geografías de lisiado. Grandes llanuras de evasión para aliviar la piel y acotar el amor.

            Esto ya empieza a ser como un interminable embarazo. Y la vida se filtra, el puro olor, la  sangre que circula.

            A cada paso jugamos con la muerte. Vamos, venimos y el tiempo no se mueve. Somos tú, yo, nosotros, aquí, este instante, mañana. La duda, los abrazos, la ausencia, las distancias.

            Trato de convencerme durante un segundo que fuera de aquí, lejos de esta frontera de a dos que compartimos, nos existen las bombas, ni las desapariciones, ni los remordimientos.

            La provisionalidad, sorprendida, se desmorona. Somos este ahora rotundo de acero endulzado de calores internos. Fuera de ti, de nosotros, todos los otros ajenos, diferentes. Es la guerra empezando en algún sitio.

            La amenaza de saber que en este definitivo egoísmo de la ausencia, de la nostalgia, desconectamos todos los circuitos y nos quedamos quebrando a medias la melancolía.

            La vida pasa, sigue, se disloca y a mitad de camino entre tantos exilios, sólo este nuestro privilegio de evocar en la memoria a los ausentes, me parece una especie de patria.

Más acá de las tentaciones y el desamparo del ego, nuestro abrirnos en un loco ofrecimiento de barcos y mares fecundados, de horas compartidas en el recuerdo, al abrigo del amor y la locura.

            El corazón de los que fuimos, dondequiera que estemos, se abre paso a través de la espera no saciada, siempre abierta.

            Nos escapamos, callados, en solitarias búsquedas ajenas. Y volvemos al ahora de esta tierra plural como un cuchillo herido de ausencias pasadas y futuras.

            Nuestra piel, envoltura frágil, es la raíz  de todos los imposibles. Mapa por donde circulan subterráneamente los sueños, las arterias, las tristezas ancestrales de locos trashumantes.

            Se nos crispan las arrugas, las eternas arrugas de la pena vieja y uterina

            Y nos  quedamos en un no sé qué de lago quieto y mansedumbre entristecida. El duelo sobrepasa nuestros límites. Y de pronto, la dulzura ésa de saberse nunca solo en la miseria ni en el llanto, desenlutan el ambiente.

            Nos reímos. Y entonces, nos disponemos a desacralizar el miedo.

            Se nos parte el terror. Nos lo cedemos y finalmente hacemos de su pulpa un abrazo asfixiante. Intentamos una vez más, ahogar la pena, más allá de toda la amargura, de todas estas guerras, comienza la semilla de degollar la tierra.

No hay perdón para la traición, para la cizaña. Nos juntamos otra vez en la memoria. Y en el laberinto donde naufragamos, nos perdona esta vez la vida el Minotauro.

            Nadie olvida. Todo vuelve y en ese mito eterno de la duda somos otra vez nosotros, los de siempre, renovados, esa sangre que galopa y anda. Ese manojo de promesas y destellos, abiertos como llagas. Con corazón, melancolía inmensa que no cura. Pero estamos aquí, juntos.

            Tal vez un día vuelva de verdad y vuelva para siempre. Abandone el exilio real y todos los exilios fantaseados, sufridos y alentados. Y entonces recupere la palabra. Un “arma cargada de futuro”, a la manera del poeta.

 Entonces nos brotarán las almas renacidas y podremos contar a los que quedan, quiénes fuimos, qué somos, qué queremos.

            Nosotros somos, también el tiempo, la esperanza.

            Hay que dejar testigo, testimonio, contar a todos cómo hemos vivido. Lo que nos queda por hacer y haremos. Cómo se busca- al fin- la huella. Cómo la vida sigue,  pese a todo.   Cómo el  destino y la verdad  de lo que queremos sembrar en los demás, son nuestros.

                                                                Alicia Noemí Perris Villamor

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