“YO TENGO UN SUEÑO”: UN DIA COMPARTIDO CON DANIEL BARENBOIM

Agosto de 2010

La responsable de la Fundación Barenboim-Said, Dunia, me ofrece el paraíso: “Véngase a Córdoba y la acredito para el concierto del maestro Barenboim esta noche. Realmente vale la pena: la música en la mezquita en un entorno único…”. “Pero Córdoba está lejos-le digo- y son las doce de la mañana. Podría llegar, pero es una locura. ¿No me podría ayudar a estar mañana en la Plaza Mayor?”.

Así empezó todo. Al final no fui a Córdoba, claro.

El concierto en la imponente Plaza de la Villa madrileña con un público de más de siete mil almas, es puro Beethoven. La sexta, la Pastoral, abre la velada. El maestro parece un demiurgo arrancando las primeras luces del día a las entrañas de la tierra.

Es el décimo año que viene a tocar a la capital. No es un hombre corpulento, pero en el escenario cobra un perfil inmenso. Parece el mismo Júpiter alentando a sus músicos a ir más allá, siempre más alto, más lejos. Cuando alguien no suena como debiera, a su derecha, casi a su lado, Daniel Barenboim lo amenaza con la batuta, al límite del coscorrón. Cuando todo ha pasado, al final del concierto, le estrecha calurosamente la mano y lo recompensa con todo su reconocimiento.

El pianista gesticula, sonríe, frunce el ceño, vive con intensidad una música que está hecha para ser escuchada como un largo poema humanitario de paz, de concordia, de solidaridad. Esas palabras que tan a menudo están en la boca del director de orquesta, como la mañana del concierto, en la rueda de prensa en los cuarteles del Conde Duque de Madrid.

La gente aplaude desinhibida entre los movimientos de las sinfonías. Esta falta de etiqueta o de preparación musical no les gusta a los intérpretes que aguardan con educación que cesen las interrupciones a deshora. La séptima resuena en la caja de la orquesta, una especie de recinto acotado desde donde brota toda el alma sinfónica, la fuente de los sonidos del universo.

Es la potencia beethoveniana que se reencarna en Barenboim y en su música. La noche de Madrid se vuelve ecos, cuerdas y metales. El público entra en trance. El hacedor sigue moviendo sus brazos, sus manos de pianista remolinean en el aire, haciendo giros. Al final, una ovación contenida, los bravos.

Barenboim se emociona, saluda, recibe flores, se regodea en esa complicidad suya que estalla a cada momento con sus jóvenes músicos de todos los países árabes de Oriente Medio, junto con los judíos y españoles que forman la West-Eastern Divan Orchestra, el viejo proyecto fundado con Edward Said que se sigue agigantando con el paso de los años.

El maestro argentino, judío, que tiene varios pasaportes y varias nacionalidades, había protagonizado a las doce del mediodía, una potente rueda de prensa donde no faltaron la viuda de Said, Miriam, el alcalde Madrid, Ruiz Gallardón, Manuel Chaves, vicepresidente tercero del Gobierno, destacado personaje en la Junta de Andalucía que alumbró el proyecto de la West-Eastern Divan, concejales, traductores y periodistas.

En la sala, dos músicos, un palestino de Ramala, Ramzi y una intérprete judía, Perì, de Tel Aviv. Su maestro les ha dado la palabra para representar a dúo ese sentimiento de colaboración y de hermanamiento que existe en el ámbito de su orquesta y que debería generalizarse –según el músico- a la convivencia de judíos y palestinos en Oriente Medio.

“La orquesta es una metáfora para encontrar el lenguaje universal por excelencia: el que conjunta y escucha a los compañeros. Un lenguaje que nos hace libre y más iguales”, exclama el músico.

Se trata de una sensibilidad que Barenboim quiere trasladar a un mundo conflictivo.

Pero no quiere hablar de “proceso de paz” sino de entendimiento.”Antes de compartir emociones y pensamientos se tiene que hablar. Todo lo demás son supersticiones y angustia”, dice con firmeza. “El miedo de la paz es mayor que el de la guerra aunque el precio que se paga es superior”.

El maestro comenta también que el 19 de agosto próximo va a actuar en Buenos Aires, para recordar que hace 60 años ese mismo día dio su primer concierto en la ciudad. Esa es la razón de esta gira a Latinoamérica.

Barenboim se detiene en la situación en Palestina, en la difícil situación “en el terreno”, en el ataque a la flotilla turca. Su aportación como la de sus músicos es absolutamente política e ideológica en este momento, no artística ni musical. “La música no es una profesión- recalca por si no queda bien claro- es una forma de vivir para lo cual es necesario la profesionalidad”.

El año pasado salió publicado en España su libro “El sonido es vida. El poder de la música”, dedicado a los jóvenes de la West-Eastern Divan Orchestra. Sus páginas son reveladoras, emocionantes. Se trata de una lectura que ahonda en cuestiones vitales para la convivencia en Oriente Medio, de un compromiso total donde el músico se involucra de forma absoluta con el arte, con la política, con la vida.

A lo largo de esas páginas retumba el mismo discurso que enarbola en los cuarteles del Conde Duque, aunque ha pasado más de un año desde que lo escribiera.

Sobre el enconado debate por su interés en dirigir a Wagner en Israel, uno de los motivos de beligerancia que lo obligan a circular por ese país con escolta, escribe en el libro sin complejos: “Me solidarizo con los supervivientes del Holocausto y comprendo las terribles asociaciones con la música de Wagner, pero creo que es lícito preguntarse si se puede privar de escucharlo a otras personas que no tienen esas asociaciones”.

El día con Barenboim ha sido pletórico. Una música en directo electrizante y frenética bajo el cielo de Madrid, un discurso que levanta chispas en la conferencia de prensa, el recuerdo inevitable y la alusión a su libro citado cuando escribía: “¿Es realmente un sueño?… Por medio de la música arrinconamos la hostilidad. …En mi sueño, bastan veinticuatro horas para instaurar la paz. Los políticos pueden tomarse un poco más de tiempo, pero no un tiempo ilimitado”.

Coda: al final de la rueda de prensa los periodistas y los presentes se dirigen con premura a visitar las obras del cuartel a instancias del señor alcalde.

Barenboim se queda como rezagado, compartiendo la cercanía de un espacio donde resuena todavía la opulencia retórica de su mensaje. Estoy casi a su lado. Me doy cuenta y le digo con rapidez:” Señor Barenboim, que le vaya muy bien en Buenos Aires y a ver si “caen” también unos tangos”. “¿De dónde sos?”- pregunta. “De Buenos Aires, claro, de Caballito”.

Y entonces ocurre el milagro: “Unos tangos…”, me dice soñador, mientras me pasa su brazo por el hombro. “¡Claro…”. Y se pone a canturrear bajito: “Y aquel perrito compañero, que por tu ausencia no comía, también me dejó…”.

¡Ay, maestro, no sabemos qué hacer con usted! Nos tiene verdaderamente muy pero que muy enamorados…

Alicia Perris

Fotos de Julio Serrano

Bibliografía: sobre el libro citado de Daniel Barenboim: www.opusmusica.com. Número 32 de febrero de 2009. “El sonido es música”, por Alicia Perris (buscar por autores).

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