Y HUBO UN TIEMPO EN QUE TODOS LEÍAMOS A LEVI-STRAUSS (1908-2009)

Un humanismo bien ordenado no comienza en uno mismo

sino que ubica el mundo antes que la vida, la vida antes que

el hombre y el respeto a los otros antes que el amor

propio”.

C.Lévi-Strauss

Se podría decir que ha fallecido- no que nos “ha dejado”- Claude Lévi-Strauss, el que junto con Carlos Marx y Sigmund Freud habían sido y continúan siendo nuestros padres fundadores. Se ha ido físicamente de nuestro lado el pasajero del tercer piso de la Rue de Marroniers de París. El que nos acompañó en los días de formación junto con el “flower power”, el Dylan y la Joan Báez que se oponían a la Guerra de Vietnam, el amor y el pensamiento entendidos más allá de cualquier tipo de condicionamiento, como otra forma de fiesta.

¿Qué se puede decir, qué se puede escribir de este venerable anciano que ya no haya hecho acto de presencia en los medios de comunicación, que se ocuparon de él, más de una semana, en este otoño que ya no nos sorprende con mil y una noticias convencionales, sin interés?

Al principio de los años setenta, llegaba a la facultad de Filosofía y Letras de Buenos Aires, con mi bagaje culto y encumbrado de ex alumna del Nacional de Buenos Aires y me encaminaba como era de esperar, por los derroteros de la literatura. A mitad de camino entre La Guerra de las Galias de Julio César y sus ablativos absolutos, nos dábamos de bruces con La Regenta y los clásicos de siempre, amenizados por la fulgurante presencia del “boom de la literatura hispanoamericana”, fuera lo que fuera aquello.

A nuestro lado, con aire de superioridad, pasaba con Tristes Trópicos debajo del brazo, el alumnado de Antropología, más guapos, más listos y en definitiva más glamourosos que los que nos empeñábamos en descifrar el siglo de oro español o el Poema del Mio Cid y sus claroscuros. Héctor Ciocchini nos traducía los misterios de los emblemas y empresas y se dejaba acunar por la mirada lánguida de sus alumnas más jóvenes.

Eran los tiempos en que la facultad estaba repartida sin piedad entre varios edificios declarados en ruina por distintas partes de una Buenos Aires que trascendía cada día de sus propias miserias, luminosa, con ese fragor por la vida que le dio fama para colocarla entre las ciudades más despiertas y fascinantes del mundo. Por las clases sonaban las teorías que se encuadraban en lo que se vino a llamar el estructuralismo”, que, como una panacea, como un descubrimiento sin igual, corría de boca en boca de todos.

Por las aulas circulaban los ecos de la voz queda y discreta de Jorge Luis Borges, con sus eternas “boutades” que desgranaba sin prejuicios para escandalizar y seducir. Y Manolo Lamana, el de la fuga legendaria del Valle de los Caídos, que nos hacía enmudecer cuando nos preguntaba, reduciéndonos a la miseria en un examen de Literatura Francesa, por las secuencias del Acto tercero del Misántropo de Molière.

Jimmy Rest y su esposa Virginia, ¡qué personajes!, me hacían el honor de invitarme a su casa para charlar de Lawrence de Arabia y su “Siete pilares de la sabiduría”, a condición de que llevara pastas de Steinhauser.

Era la vida, pero en algún lugar extraño a todos nosotros los de entonces, nos acechaban los que cada día, nos revisaban los bolsos para controlar si llevábamos “material subversivo” (libros progresistas de autores de moda, siempre de izquierda) y nos humillaban con un trato vejatorio desde el analfabetismo y el odio por la cultura, por el estudio, por el intento de comprender el mundo y sus misterios.

Cuando se abría en ocasiones el cuarto de los bedeles se podían atisbar las armas que convertían la habitación en un arsenal y fuera, en la calle, muy a menudo, las palizas de la policía y las “fuerzas del orden”, ponían firmes a todos los que estaban inmersos en una vida tan pródiga de ideas y de grandes revoluciones por hacer.

La facultad cerraba meses enteros “hasta nuevo aviso” y había que estudiar en casa, solo, o en la quietud sin diálogo de las bibliotecas. Paseando por Corrientes para comprarse los libros que la universidad había enmudecido y sacrificado por delitos y amenazas que solo eran visibles para algunos, los de siempre, los represores.

En este estado de cosas, se sobrevivía por las ideas, por la historia, por las lenguas clásicas, por la lingüística y sus recovecos, por la palabra cálida y valiente de algunos profesores y de algunos compañeros.

Entonces, mentes como la de Claude Lévi-Strauss, otro judío genial de la pléyade que nos acompañaba siempre, adquiría toda su importancia, porque era alguien que planteaba preguntas y volvía a releer el universo bajo otra perspectiva.

Alejándose con rapidez de los relatos que los prerrománticos como Rousseau o Bernardin de Saint Pierre ilustraban sobre el mito del “buen salvaje”, el vibrante maestro le dio al pensamiento francés del siglo XX otra lógica y otra mirada.

Nacido en Bruselas de una familia culta de ascendencia judía, residió varios años en Brasil donde pudo redefinir el mundo de las mal llamadas “tribus primitivas”, esas que todavía luchan contra el progreso por conservar sus tradiciones, su variedad biológica, su entorno.

El innoble y denostado-ahora- régimen de Vichy lo proyectó a Estados Unidos. De vuelta a Francia, que siempre lo consideró uno de los suyos entre los mejores, llegaron los premios, el reconocimiento y los libros: Las estructuras elementales del parentesco, los cuatro volúmenes de las Mitológicas, La mirada lejana, La vida familiar y social de los indios nambikwara, El camino de los máscaras y por supuesto, Tristes Trópicos (1955), donde soltó aquel desafío lapidario: “Odio los viajes y los exploradores”.

En 2008 fue agasajado una vez más pero ya tres años antes, había dicho con rotundidad: “el ser humano vive en un régimen de endogamia, de envenenamiento interno. Ahora que mi existencia llega a su fin, puedo decir tranquilamente que no me gusta este mundo”.

Nicolás Sarkozy, el presidente de Francia, tuvo palabras de elogio para este sabio que pensaba que la sabiduría radica en las preguntas, no en las respuestas.

Michel Tournier, el inquietante autor del “Rey de los alisos”, experto también en el estudio curioso del ser humano, conocía bien a este pensador que había tenido el privilegio de ser considerado un prócer por la Editorial Gallimard, junto a otros escritores como Marguerite Yourcenar o Ionesco.

Lévi-Strauss establece los cimientos de la antropología moderna, dando un rodeo que incluye la aportación y la riqueza de la lingüística, cuyos estudios compartió con su amigo Roman Jakobson. Lo acusaron de negar el progreso, de “disolver la historia”, los unos- existencialistas y marxistas y los otros- el resto del rebaño que más o menos domesticado, se afiliaba a una teoría para evitar la zozobra del pensamiento sin condicionantes ni cadenas.

Su labor como humanista ha sido vilipendiada, analizada y disecada pero sigue intacta porque está orientada hacia la Vida, espejo y fogonazo de la existencia del Otro.

Levantaba pasiones y críticas cuando escribía frases como: “yo trato de establecer, tomando la etnografía como punto de partida, en qué medida el espíritu humano no es libre”.

El Museo del Quai Branly de París, uno de los más auténticos foros de la capital, le dedicó un aula que lleva su nombre, a este francés y judío universal que se dedicó a continuar la estela de sociólogos como Durkheim, de sabios como Freud, de lingüistas como Ferdinand de Saussure o de revolucionarios como Valdimir Propp.

Estudió los mitos utilizando las teorías psicoanalíticas y demostró que muchos de los principios de las ciencias pueden ser generalizables a otras, con lo que juntó por una vez el parcelado puzzle del patrimonio humano.

Catherine Clément, que lo idolatraba, no deja de citar sus frases más célebres y provocadoras: “hasta nuestros días la Humanidad ha soñado con aprehender ese instante fugitivo donde le fue permitido creer que podía usar con astucia la ley de intercambio, ganar sin perder, disfrutar sin compartir”.

En esos años bonaerenses de plomo que no puedo recordar sin estremecerme, que desembocaron en la ferocidad de una dictadura como se habían conocido pocas en el mundo “civilizado”, los Freud, los Marx, los Lévi-Strauss y los maestros más cercanos que todos los días iban a clase para intentar combatir el odio y la mezquindad de los tiranos, nos acompañaron en momentos muy duros. Intentaron cortarnos las alas, distorsionarnos el camino, pero todos ellos nos devolvieron la esperanza y nos mostraron cómo volver a levantar el vuelo. Aunque fuera yéndonos y abandonando la mitad del alma y del cerebro en medio del Atlántico.

En la Argentina de los años setenta, cuando éramos muy jóvenes y creíamos en el valor de las ideas y el estudio, los tiranos ahogaron el país en un baño de sangre que algunos aplaudieron. Pero la siniestrez y el aletear sangriento de los sables no acabaron con el pensamiento, ni con la enseñanza de los maestros sabios y de los valientes, que – entonces y ahora – nos hicieron más lúcidos y más libres.

Alicia Perris

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