ELIZABETH DE AUSTRIA, SISSI, LA VIAJERA DEL «BEAU RIVAGE» DE GINEBRA, SIGUE REFUGIADA EN EL FONDO DEL ESPEJO DEL HOTEL QUE LA VIO MORIR.

(publicado en el diario ABC en Junio 2007, por Alicia Perris)

«¿Podrás atreverte
a no pensar jamás en obtenerme?
mi frío ardor es mortal
y bailo sobre cadáveres»
Elizabeth de Austria

Hace pocos meses relataba Mario Pasa, en su Prefacio a la edición francesa del libro de memorias de la Condesa Sztáray, la última dama de compañía de la Emperatriz de Austria, «que se reescribe mucho la Historia, pero es sobre todo lo cotidiano lo que se escribe».

Es posible que Sissi, como se la conocía en familia, sea uno de los personajes de la segunda mitad del siglo XIX más retratados, más investigados, más deseados también. Y probablemente uno de los más emblemáticos.

Su fama y la leyenda edulcorada que vino después, tiene su origen en las conocidas películas de Ernst Marischka, que, en los años cincuenta, dieron vida a los «jóvenes años de una reina», encarnados por una lozana y jovencísima Romy Schneider.

Pero hay mucho más, sobre todo una verdad histórica muy documentada, que en nada se parece a esas películas. Porque Elizabeth fue una emperatriz de bandera pero desdichada. Casada con apenas dieciséis años con su primo hermano Francisco José, por sus genes corrían a la vez la tradición de muchos siglos de hegemonía política Habsburgo y los desvaríos fantasiosos de los Wittelsbach. Emparentada con Luis II de Baviera, fue Visconti el que permitió en el cine, una revisitación del personaje.

Tuvo en cuatro años tres hijos y perdió a la primera durante un viaje por tierras de Hungría, para finalmente dar a luz a una cuarta, María Valeria, su «kedvesem», la más querida. La relación con el esposo se hace cada día más distante mientras viajar se convierte en el remedio para todos los males del alma. Escapa de Viena y de la corte. Y construye palacios, como el Achilleion de Corfú que inmediatamente abandona, mientras la antigüedad griega, la del héroe de la Guerra de Troya, la de Safo y Hermes la seducen, con la posibilidad de evadirse de una cotidianeidad que encuentra asfixiante y opresiva. Políglota, enamorada de la Belleza y de su belleza, defensora de Hungría, amante de los animales, se convirtió muy pronto en una de las mejores amazonas de Europa, al tiempo que Winterhalter la inmortaliza en un retrato iluminado por los diamantes y el vestido de un tul relampagueante diseñado por Worth.

Sometida por su propia voluntad a dietas draconianas, su cintura nunca superó los míticos cincuenta centímetros que la hicieron parecer, durante toda su vida, una eterna adolescente. La reina transforma su cuerpo en un icono esencial de su personalidad y termina por conferirle la condición de templo. Mientras Sissi adelgaza y ejercita su cuerpo en la soledad del Hofburg, el Imperio Austrohúngaro se desgarra en guerras, miseria y muerte. Comienzan los movimientos que reivindican los derechos de las clases trabajadoras, las ideas anarquistas, la búsqueda de la igualdad, mientras la aristocracia se deslumbra con un vals cojo que no termina nunca.

Elizabeth escribió poesía a la manera de su idolatrado Heinrich Heine, y representó, en su peculiar estilo y siempre contracorriente, el declive de una época terminal, que se deslizaba sin remedio hacia una «apocalipsis gozosa». El Eros y el Tánatos de una civilización agonizante, que autores como el triestino Claudio Magris sintetizaron a la perfección: «la historia del mito habsbúrgico es la de una cultura que, con la excusa de su amor por el orden, descubre el desorden del mundo».

La literatura, la pintura, la música de la Viena fin de siglo y anterior, se dibuja como una metáfora del «wienerselbsthass» (odio a sí mismo) y plasma la ambigüedad creativa del vienés, a mitad de camino entre la floración vital y el germen de su propia destrucción.

Esta indescifrable «enfermedad vienesa» es la que el padre del psicoanálisis, Sigmund Freud, intenta decodificar.

En medio de esta fascinación por el desastre, la figura de la Emperatriz de Austria se convirtió en una referencia y un espejo de su época.

El intento de desentrañar el misterio de la soberana, el deslumbramiento que levantó entre sus contemporáneos y que todavía nos convoca junto con diplomáticos, historiadores, cortesanos, gente del pueblo y hasta médicos y especialistas como Krafft-Ebing o Bettelheim es en verdad sorprendente.

El proyecto humano y político de Elizabeth vincula con lucidez la peripecia de lo íntimo y lo social, los avatares del Imperio Austrohúngaro con la trayectoria de una princesa nacida para reinar, en un tiempo lleno de conflictos y de final de trayecto.

La sociedad vienesa se pregunta, como hacemos todavía en el siglo XXI, por nuestra identidad, por nuestro modelo de consumo, por la posición que ocupa la mujer como ser humano sexuado, con deseos, perspectivas y sus maneras, tan propias, de enfermar y gozar. Se trata de lo que George Minois llama «los sistemas de la desesperanza»: la depresión, la ansiedad, la melancolía y los suicidios.

A lo largo de su vida va perdiendo en circunstancias trágicas, a sus hermanas, su cuñado Maximiliano, a Luis II de Baviera, al conde Andrássy, su fiel amigo húngaro y sobre todo a su único hijo, desaparecido en medio del misterio de un pequeño pabellón de caza conocido por todos como Mayerling.

La muerte de Rodolfo es el punto de inflexión definitivo de su vida. A partir de ese momento su comportamiento y su eterno deambular por el mundo, en barco, en trenes infinitos, encoge el corazón de los que la acompañan. La emperatriz Eugenia de Montijo, su contemporánea, escribió lo siguiente: «era como si hubiéramos viajado con un fantasma, pues su espíritu parecía residir en otro mundo».

Elizabeth se mueve a partir de la dolorosa convicción de una felicidad inhallable y entra, en el siglo XIX, tal y como se pronunciaba Paul Morand, «como quien se equivoca de puerta».

Hay sin embargo un trasfondo de aislamiento, de evasión de la realidad, de inmersión en la riqueza y la distinción propias de la clase privilegiada, que no están ausentes de su vida. Y en esa búsqueda de la excelencia se relaciona con los Rothschild y hace de Suiza un refugio para ella.

El último año de su vida, 1898, fue una vez más un periodo de traslados y viajes. La riviera suiza, Pregny, Caux, Montreux, Territet, el castillo de Chillon y Ginebra, se convirtieron en su última morada.

Pero la austera y conservadora Suiza se había convertido- paradójicamente- en tierra de asilo para refugiados revolucionarios italianos y hasta Ginebra acudió Luigi Lucheni, un joven anarquista, en busca de una víctima que lo inmortalizara para la Historia.

Lucheni acabó con la existencia mortal de Sissi un agradable día de septiembre, junto al lago Leman, donde todavía no podía sospecharse el otoño.

Sin tener ni siquiera dinero para comprar un cuchillo, se fabricó un arma tan sencilla como letal y le atravesó el corazón a la Emperatriz.

Su último aliento queda guardado entre las paredes de sus habitaciones, en el Hotel Beau-Rivage, mientras su séquito comprobaba, con desesperación, que nada podía hacerse para salvar su vida. Muy pocas personas fueron testigos de la salida de los despojos mortales de la emperatriz hacia la estación de Ginebra, camino de la cripta de los Capuchinos, en Viena.

Sissi fue apartada de la vida como había vivido y como ella misma había imaginado: «me escaparé como el humo por una pequeña abertura en el corazón».

Fanny Mayer, esposa de Charles Albert Mayer, abuela de los actuales propietarios del Beau-Rivage, escribió sobre la muerte de la emperatriz un texto que todavía sobrecoge. Al final de las tres páginas del relato autobiográfico comentó: «el drama tuvo lugar hace cincuenta años, pero el recuerdo me ha quedado como si hubiera ocurrido ayer. El original de Fanny -explican los propietarios- se ha conservado con todos los documentos relativos a esta tragedia que han sido piadosamente guardados hasta hoy en el museo privado del hotel».

El Beau-Rivage custodia aún el espíritu de Sissi. En unas vitrinas de la planta noble, donde ella residía, se guardan como auténticas reliquias, unos guantes y un sombrerito negro de la Emperatriz, que Jacques Mayer, el heredero de la dinastía del establecimiento, atesora y explica que fueron comprados en una subasta.

El resto de su equipaje volvió a Viena. Sin embargo, las flores blancas que cubrían el cuerpo de Sissi le fueron regalados a la propietaria del hotel y acompañan una cubertería y unos encajes de la reina, así como una gaceta con la fecha fatídica: 10 de septiembre de 1898. Un vestido de fiesta con pedrería, como de bailarina, irradia desde otra vitrina, una luz opacada por el tiempo.

En las habitaciones de Sissi, el orden y el sosiego- ¡finalmente! -parecen haber detenido el paso del tiempo. Las ventanas de la suite se asoman al lago y la luz de la mañana acompaña la mirada llena de interrogantes de la emperatriz, desde el retrato de luces en el que la inmortalizó Winterhalter.

Jacques Mayer se concentra cuando conversa de este tema, se preocupa por el interés que puede despertar aún la trayectoria vital de Sissi en los interlocutores que acuden al Beau-Rivage para rastrear el último aliento de esta soberana de leyenda. Y fabula delante del espejo original, donde la soberana se miró por última vez. Allí, confundida con el azogue, su alma ha dejado como rehén alguno de sus postreros aleteos.

La madre del Sr. Mayer, Madame Fred, de noventa y un años, también iniciada en el misterio de Sissi, acompañada por su perro, es una figura que se diluye mientras describe un bucle inesperado que la lleva desde su despacho hasta las habitaciones que la familia reserva para sí en el hotel.

La marca de la excelencia del Beau-Rivage, la última morada de Sissi, sostiene desde su fundación, en 1865, que «la tradición se preocupa menos por la conservación de las costumbres que por la preservación de los valores fundamentales como el respeto o el perfeccionismo.

Confrontada con su época, cada generación debe escuchar el tiempo que pasa. El ayer y el mañana han aprendido a dialogar y la vida cambia como cambian los tiempos».

Sissi sigue habitando en algún lugar del Hotel Beau-Rivage y es toda ella mucho más que su «spleen» y que el contacto del éter, un suspiro, el silencio, la nada.

Alicia Perris Villamor

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