TANGO . POEMA

Dulce, profundo y loco…

Recorremos día a día

pequeñas geografías de lisiado

grandes llanuras de evasión

para aliviar la piel y acotar el amor.

Esto ya empieza a ser

como un interminable embarazo

y la vida se filtra,

el puro olor,

la sangre que circula.

A cada paso jugamos con la muerte

vamos, venimos y el tiempo no se mueve.

Somos- tú -yo- aquí- este instante- mañana,

la duda, los abrazos, la ausencia, las distancias.

Trato de convencerme durante un segundo

de que fuera de aquí,

lejos de este tiempo de a dos que compartimos,

no existen ya las bombas,

ni las persecuciones,

ni los remordimientos.

La provisionalidad se desmorona.

Somos este ahora rotundo de aceros tallado,

de calores internos.

Fuera de tú y yo, todos los otros.

Es casi la guerra empezando en algún sitio.

La amenaza de saber,

que en este definitivo egoísmo de estar juntos,

desconectamos todos los circuitos

y nos quedando trampeando la melancolía.

La vida pasa, sigue, se disloca

y a mitad de camino entre tantos exilios

sólo este nuestro privilegio,

me parece una especie de patria.

La sangre sube y baja

es decir, circula.

Las células se expanden, se alimentan.

El corazón se abre y se cierra.

Llega el sueño y la noche acalla los rumores,

se escucha más ajustadamente el latido verdadero

por donde van los pensamientos,

las savias profundas

del sentimiento mágico y castigado.

Roto de puro abierto al exterior.

Sin ropas.

Sólo tus ojos dicen la verdad

o tal vez, simplemente, no mienten.

Tus ojos, si es que existen,

fuera de tí,

tal como yo los veo.

Tus ojos, que a veces me parecen

inventados por mí para tu suerte.

Tus ojos, caballos desbocados,

prometedores de cualquier locura

y aquélla tal vez

la más sublime:

la de dejarse inundar,

aunque sea tan sólo en los siglos bisiestos,

por los ropajes ingrávidos

de la honradez y la ternura en el amor.

Vendrá la muerte

y tendrá tus ojos

y yo no te habré amado

todo lo que quería.

Llegas y se sorprende hasta la primavera.

Fuera de tí la muerte no perdona,

desgarrando sin tregua

todas las esperanzas.

Padre inmisericorde, hermano,

vienes a mí desde la eterna noche de los versos.

Siempre te espero y cada vez me fallas.

Estoy embarazada de tí

te estoy pariendo.

Reordenas en mí toda la creación, todas las sangres.

¿Hasta cuándo el castigo?

Vendería por tí todos los soles

todo el oro y la plata.

Tú eres el goce, amor,

tú eres también la vida.

Sobre todo la vida.

Sube corriendo, trepa hasta mis senos.

Sin tí no me consuela ni el lenguaje.

Necesito tu voz,

enredándose entre los adjetivos y los besos.

Soy aunque sin tí no hay nada o casi nada.

Y tal vez ni siquiera estas palabras…

(Ya no hay más contundencia que estos besos)

Cada vez se estrechan más los límites

y los extremos se juntan hasta la asfixia.

Me envuelve la nostalgia.

La libertad sigue sin llegar a pesar de todo

aunque tal vez la verdadera libertad

sea tan sólo un estado de ánimo

tan personal, tan individual, antes y después

de todas la palabras.

Entrecerrando los ojos,

más allá del Palacio de Oriente

se llega a sospechar el mar

y las alondras,

en este otoño que alguna vez, allí, tan lejos,

fue para mí, para nosotros,

el estallido de la primavera.

Tal vez, como dice Umbral,

algún día pueda decirse

la Argentina de los torturadores nunca existió.

Y no nos corten el aliento la vergüenza y los muertos.

Tal vez los recuerdos, dejen de ser fantasmas irredentos

y se vistan de prójimos que invitamos a entrar.

Tal vez en el fondo la libertad se encuentra

antes del grito y de la herida

tal vez se esconda simplemente entre tus labios,

cuando se abren para suplicarme entre besos:

«Estoy tan cansado…».

Alicia Perris

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