LA ÚLTIMA FUNCIÓN DE DON CARLO, CON ELENCO ALTERNATIVO EN EL TEATRO ALLA SCALA DE MILÁN PARA ABRIR EL 2024

Don Carlo (versión Milán 1884). Ópera en 4 actos (versión en italiano), libreto de Joseph Méry y Camille du Locle. Basado en el drama Dom Karlos, Infant von Spanien de Schiller. Música de Giuseppe Verdi. Editor, Casa Ricordi, Milán. Teatro alla Scala, Milán. 2 de enero de 2023. Cast alternativo

Elenco

Don Carlo            Francesco Meli

Felipe II                Michele Pertusi

Rodrigo                Luca      Salsi

Elisabetta di Valois           Maria José Siri

La Princesa D’Eboli          Veronica Simeoni

El Gran Inquisidor            Jongmin Park

Un cura    Jongmin Park

Un cura (Carlos Quinto) Huanhong Li

Tebaldo                Elisa Verzier

Una voz del cielo              Rosalia Cid

El Conde de Lerma / Un heraldo               Jinxu Xiahou

Diputados flamencos     Chao Liu, Wonjun Jo, Huanhong Li, Giouseppe De Luca, Xhieldo Hyseni, Neven Crnić

Director               Riccardo Chailly

Regia     Lluís Paqual

Escenografía      Daniel Bianco

Vestuario            Franca Squarciapino

Luci        Pascal Mérat

Video    Franc Aleu

Coreografía        Nuria Castejón

Maestro del Coro             Alberto Malazzi

Orquesta y Coro del Teatro alla Scala

Introducción

Milán era un hervidero de gente, que subía, bajaba, todo con colas, completo, perturbado (imposible enviar ni una postal desde los servicios estatales del Correo Italiano, inermes). Muchos turistas desconsiderados, pocos viajeros inteligentes. Colapsada la Galleria Vittorio Emmanuele, acogedor sin embargo como suele el precioso y secular Barrio de Brera, con su museo-pinacoteca, sus negocios excelentes, como Pettinaroli (dal 1881) y sus exquisitos mapas, papel noble, envoltorios, piel y perfumes a antiguo siempre actualizados. Aires de otros tiempos más genuinos, más cadenciosos. La tienda de libros antiguos, en cambio, en la Galleri más famosa de Italia, con un responsable arisco, hosco, de malo modos, que impide sacar fotografías del lugar a los interesados, pocos, que aciertan a entrar. Los ciudadanos del lugar, ausentes, de vacaciones navideñas en el extranjero. Cafés tradicionales, utilizados como sitios de paso, desnaturalizados, todo se compra, todo se vende, pero ¡La Scala…ah! ¡El teatro de Verdi! Allí está, esperando con su último Don Carlo, desafiando el tiempo, la desidia y el adocenamiento generalizado. A lo lejos, y cerca, los ecos desgarradores de guerras inexplicables, en Europa, en Oriente Medio. Lujo y miseria de un siglo que se quería superior al pasado.

Don Carlo, de Verdi, en La Scala, de nuevo

A la entrada, a la derecha, “i capi” (acomodadores dixerunt, con su collar y su emblema del Teatro), no saben nada del libro publicado en quioscos sobre el coliseo más famoso del mundo (“La fabbrica del incanto, ecc.”: “Pregunte en el periódico La Repubblica”, si son ellos los que lo editaron, aquí no sabemos nada”).

A la derecha, los programas en cartón virado a sepia- anaranjado, un color muy italiano, una cuartilla, y el lujoso, tapa dura, cubiertas rojas, a 20 euros. La cola en el café para tomar algo entre las pausas, dos entreactos de 25 minutos cada uno. Duración de la representación, prácticamente 4 horas. Bajando unas escaleras, a la derecha también, salimos al centro de la Platea. El corazón de todo.

Son muchas veces las que esta ópera habitó este teatro y están contabilizadas. En este caso, abrió la temporada con mecenas, personalidades, ricos que asisten a todo, aunque no estuvo el Presidente de Italia, Matarella, uno de los ciudadanos más apreciados y valiosos del país.

No es deseo el desglosar la “petite histoire” de la función, cuando a todo el mundo le interesan sobre todo, los agudos de la soprano, el empaque del bajo, la enjundia vocal de todos, la escenografía (en este caso en Daniel Bianco, el argentino reciente director artístico saliente del Teatro de La Zarzuela de Madrid), el vestuario maravilloso pero oscurísimo (como toca salvo algunos destellos, magros, de color) de Franca Squarciapino, una maga.

Los posibles lectores pueden encontrar en cualquier revista especializada o los periódicos del mundo el relato de la ópera y sus circunstancias. La prima es siempre una leyenda, un mito. Pero dónde queda la idiosincrasia y las vibraciones del que asiste, del que escucha, desde dónde se posiciona para contar, para describir, para aprobar, endiosar o descalificar. Es todo personal, idiosincrático, opinable. Y prepactado (“Donde va Vicente, donde va la gente…”.

¡La ópera por fin!

Es fácil y terapéutico escribir sobre una vivencia musical que seguramente no leerá ningún crítico “avezado”, ni ningún editor que publica reseñas como rosquillas, todas formalizadas por el mismo patrón físico e ideológico, preconcebido. Ni nadie en general por obligación, por intereses crematísticos o de status.

La leyenda negra que alimenta esta partitura y su libreto, terrible, probablemente fue más cierta de lo que creen y defienden algunos, muchos: el imperio español fue destructivo y mesiánico, favorecedor de una religión que predicaba la mansedumbre para el convertido mientras quemaba en la hoguera a los disidentes. Tremendos los Austrias y su endogamia, su falta de movilidad política, su incomprensión del mundo circundante, ajeno, su inhumanidad probada en el panteón de los reyes del Monasterio de El Escorial, escalofriante escenario.

Este fue el sentimiento que probablemente tuvo Daniel Bianco con su escenografía estática, imperial, lúgubre, en dorados y herrajes negros si bien se movía ocasionalmente para indicar el cambio de situaciones y lugares, o la regia de Lluis Pascual, no excesivamente aplaudida por los expertos, aunque respetuosa, canónica, dentro del marco del historicismo sin estridencias.

Junto a estos técnicos y especialistas, las luces de Pascal Mérat, el vídeo de Franc Aleu y la coreografía de Nuria Castejón, con otros colaboradores que compactaron una concepción clara de un espectáculo bien resuelto.

Empezando por los artistas, casi todos célebres y celebrados, sin tacha. Riccardo Chailly, un sabio de la batuta (aunque no es el otro Riccardo, Muti, dirigiendo a Verdi, el mejor, sin dudas), fue saludado al entrar y al final de cada acto, con clara aprobación de la audiencia. Debería sin embargo haber ajustado algo más los vientos al principio de la obertura. El coro de La Scala, fantástico, como siempre, al mando de Alberto Malazzi.

Michele Pertusi compone un Felipe II grandioso (ya lo escribieron todos los cronistas, es el problema de llegar a última hora, claro): corpóreo, instrumento broncíneo, bien trabajado y bien templado, generoso, fiato sorprendente siempre y una técnica modélica. Más que sobria y correcta su prestación de un rey atormentado por el amor, la traición del hijo, pero sobre todo por el control, el poder y la hegemonía de un imperio que ya muestra desde hace años síntomas de descomposición endeudado con la pesada cuenta económica  con los banqueros Függer y muchas otras, menos cuantificables. (“El poder se sostiene con sangre”, explica didácticamente Felipe II en un pasaje del drama)

Francesco Meli se afianzó durante la representación en un papel exigente, donde debe darlo, alma y cuerpo, porque no dejó junto con algunos otros intérpretes de recorrer el escenario   cantando, un reto. Precioso el dúo fraternal con Luca Salsi, en el marqués de Posa. Un dúo verdiano de lujo, para la nostalgia, la versión en La Zarzuela madrileña de Piero Cappuccilli y aquel Plácido Domingo entonces en su apogeo vocal.

José María Siri, la soprano uruguaya, habitual en todas las salas líricas y reconocida, tenía el desafío de ser contrastada con la Netrebko, otro universo, diferente. Su rol lo cerró afianzada, solvente, clásica, contenida. Tal vez un poco rígida, aunque por momentos el escenario se volvía comprometido, como en la escena del auto de fe con el fuego de los condenados a sus pies.

La princesa de Eboli estuvo a cargo de Veronica Simeoni, dándole respuesta a una Elina Garança potente y llena de matices en los momentos clave de la partitura. Le faltó más brillo y luz a las escenas de la canción del velo. Notable en los momentos más dramáticos.

El gran inquisidor, Jongmin park estuvo perfecto en un personaje que recorre como una advertencia en sí misma toda la obra: “¡Cuidado con el gran inquisidor!”, le recuerda amenazante y dos veces Felipe II a Posa. Gran composición teatral y un instrumento poderoso y bello, profundo y amplio.

Los acompañantes en esta eficiente y gran producción, Un cura (Carlos Quinto), Huanhong Li, el Tebaldo de Elisa Verzier muy bien, Una voz del cielo, la dulce Rosalía Cid, El Conde de Lerma / y Un heraldo un Jinxu Xiahou muy en su papel, y excelentes los poco presentes pero importantes diputados flamencos, en las voces de Chao Liu, Wonjun Jo, Huanhong Li, Giouseppe De Luca, Xhieldo Hyseni y Neven Crnić.

Coda

La sala aprobó y gratificó a todos los equipos técnicos, artísticos, los músicos, cantantes y auxiliares a todo lo largo y ancho del teatro, que es grande, dentro de una primera visión de cajita de bombones inofensiva.

El público invadió las salidas y parecía un nuevo escenario esta vez de”Un ballo in maschera”, bien vestidos, enjoyados, retocados, con prisas por ir a cenar (¿dónde, si cierra casi todo antes de medianoche?). Se apagan los fulgores de la velada y queda el calor y el color inefables de haber vuelto a la Scala. Una vibración parecida a las vividas en su día en el Regio de Parma o tantos años en el Colón de Buenos Aires.

Entre huelgas de la aerolínea, la locura del año nuevo y las fiestas navideñas, consigue sin embargo resonar y salvarse muy adentro la música única del esplendor verdiano, siempre el mismo. Pero la próxima vez, para ser coherentes, para rememorar viejos estremecimientos, de nuevo al Loggione.

Alicia Perris

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